RIPort 005 · 5 min de lectura
Se acabó portarse bien

Durante un tiempo, ser cuidadosos era avanzar.
Revisar el discurso. No meter la pata. Afinar el tono.
Y ahora ese mismo cuidado empieza a sentirse como un límite.
Las preguntas que nos estamos haciendo
¿Provocamos porque hay algo que decir, o porque provocar vuelve a llamar la atención?
¿Es una reacción cultural o una nueva fórmula?
¿Estamos rompiendo algo o solo cambiando de extremo?
Esto no va de un momento concreto, sino de un proceso. Y para entenderlo hay que ordenar el recorrido.
El recorrido
La era del macho. Hubo una época en la que el humor de Axe olía a macho en mayúsculas. Un spray. Un aluvión de mujeres detrás. Anuncios que corrían a sus anchas sin que nadie levantara la ceja.
El cuestionamiento. Alguien levantó la ceja.
La era del perdón. Campañas pidiendo disculpas casi antes de empezar y marcas redescubriendo que su público era diverso. Un giro que terminó en un PowerPoint lleno de valores y cero sorpresas.
El aburrimiento moral —el término es de Alex Warren—. Un consenso invisible de “esto sí” y “esto no”. Marcas repitiendo el mismo brief disfrazado de causa: sé tú mismo, pero compra esto.
El problema de fondo
Cuando todo el mundo dice lo mismo, nada significa nada.
Y de repente la provocación, esa palabra archivada junto a “macho” y “sex appeal”, vuelve a sonar interesante.
Pero no la de antes
La provocación actual no se parece del todo a la de los 2000.
No funciona como grito, sino como desviación.
No apunta tanto al escándalo como a la ruptura del patrón.
La diferencia no es de intensidad. Es de intención: una buscaba que la miraran, la otra busca que algo se salga del sitio.
Esta no es más que nuestra visión de las cosas. Visiones hay muchas. Buscamos personas (y marcas) que vean las cosas diferente. Si es así, hablemos.
